El Reino Unido ha sido un socio incómodo en la integración europea. En diferentes áreas relacionadas con el Mercado Único, lo social, libertad, seguridad y justicia, la eurozona y la política común de asuntos exteriores, seguridad y defensa, el Reino Unido ha sido más incómodo que la mayoría de los demás Estados miembros aunque la incomodidad generada por las tácticas dilatorias y de bloqueo de los representantes británicos, haciendo realidad algunos de los vaticinios de De Gaulle, pudieron ser soslayadas a menudo. El Presidente francés Charles de Gaulle vetó el ingreso británico en dos ocasiones, 1961 y 1967, por temor "a la influencia estadounidense y a que el inglés se convirtiese en el idioma común". Obviamente, la actitud pública de los dos últimos presidentes estadounidenses hacia la UE ha sido radicalmente distinta. Aunque todo esto no debe ocultar el hecho de que otros Estados miembros también han sido en ocasiones incómodos, han impedido avanzar en la integración y han planteado desafíos a la dirección de la UE.
En gran medida, esa incomodidad ha reflejado las dificultades de la élite y la opinión pública británicas para asimilar las implicaciones políticas de la integración europea. Para muchos en el Reino Unido, la UE ha sido vista como una zona de libre comercio o mercado común en lugar de como un proyecto político común basado en principios y valores. El enfoque general del Reino Unido con respecto a la integración europea fue respaldar el cambio, la cooperación y la integración donde estuvo convencido de obtener un beneficio claro y directo para el propio Reino Unido, rara vez respaldó el progreso de algún compromiso profundo con la integración europea como un fin en si misma. Los gobiernos de todos los Estados miembros han perseguido sus intereses nacionales, pero estos han incluído diferentes niveles de compromiso con la integración europea. Para numerosos políticos británicos, por el contrario, el objetivo exclusivo fue todo lo que sirviese al interés nacional del Reino Unido. Esto llevó a su autoexclusión voluntaria y retrasos en la adopción de numerosas políticas.
El Brexit constituye una oportunidad y un riesgo para los miembros restantes de la UE en los que el grado de incomodidad que generen se podría manifestar ahora en un proceso de integración diferenciada que ya existe y de la que la Unión Económica y Monetaria creada en 1993 es su mayor exponente. Es poco probable que la Unión se desintegre en un futuro próximo, pero aún quedan importantes desafíos sistémicos, especialmente dentro de la zona euro y en la capacidad de la UE para actuar como un actor global con una sola voz.
En términos del PIB, la salida del Reino Unido es equivalente a que la UE pierda a los 19 Estados miembros más pequeños por lo que es probable que cause algún cambio en el equilibrio de poder en el seno de las instituciones UE y en la dirección de la integración europea, una integración que se verá afectada por la naturaleza de la relación futura sobre la que el Acuerdo de salida incluirá una declaración política.
El Brexit no es un proceso a corto plazo, sino que tendrá alguna influencia en la UE durante al menos una década o más. El Reino Unido seguirá siendo un socio en muchos campos de la actividad de la Unión pero también podría convertirse en una alternativa no comunitaria que apele a los euroescépticos en los restantes Estados miembros de la UE.
